lunes, 30 de enero de 2012

" Entre historias de miedo y otras fantasías, en plenas vacaciones "

Por Fernando Soriano (desde Pinamar) Y Maria E. Pintos

Según los pibes, leer fomenta la imaginación, mejora la ortografía y ayuda a tener buenas nota
Si, en la era de la PlayStation, todavía se encuentran libros en manos de los chicos hay esperanza. Ahí están en la playa de Pinamar, tiradas sobre una lona, que parece dibujada por Liniers, la mercedina Lucila Torrontegui (9), junto a su hermano Benito (4), y las tucumanas Virginia Herrera (8) y Emma Neme (8). Todos con un libro en la mano; incluso Benito, a quien la virtud de saber leer no le ha llegado, se queda ensimismado con dibujos de dinosaurios. Virginia y Emma se pierden en la fantasía de las historias “de miedo”. En cambio a Lucila le gusta, sobre todo, leer sobre caballos y equitación, deporte que practica. “Mi mamá me leía los cuentos y me encantaba, así que cuando aprendí a leer lo empecé a hacer sola”, cuenta Virginia, con el encantador acento tucumano. “Yo siempre veo leer a mi mamá y a mí me gusta. Además, me ayuda a no tener faltas de ortografía y buenas notas en la escuela”, ríe tímidamente Lucila.
No son los únicos “extraterrestres”. Agustina Saldarini (17) disfruta más de un buen libro de suspenso que delante de la televisión o la computadora. Prefiere el papel a lo electrónico y tiene bien claro lo que le atrae de la lectura: “Cuando leo me imagino la historia”, asegura esta chica de Ramos Mejía. Y cuenta que “La pregunta de sus ojos”, el libro de Eduardo Sacheri que inspiró la película ganadora del Oscar, le duró dos días. “Me apasionó”, confiesa. Si bien sus amigas adolescentes también incorporaron el hábito de leer, ni ella ni sus compañeras de colegio responden al arquetipo de joven actual, más preocupado por su muro de Facebook. “A muy pocos les interesa la lectura, porque en la casa se lo inculcan”, dice esta fanática de los libros policiales que a los 13 años se había devorado los casos de Agatha Christie y su detective Poirot. Todo comenzó de muy chiquita, a los 2 años, cuando concurrió a una guardería con taller literario. Y a los 4 años preguntó el sonido de las letras y se largó a leer.

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