Mostrando entradas con la etiqueta Israel Diaz Rodirguez. (Colombia). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Israel Diaz Rodirguez. (Colombia). Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de abril de 2012

"MI GALLO FINO"


Por Israel Díaz Rodriguez (Colombia)

Por allá en lo mas recóndito de mis recuerdos encontré  un episodio que me causó tanto dolor y por ello tal vez, estaba tan escondido, pero de pronto hoy saltó a flote y lo describiré tal como lo recuerdo.

No me es posible precisar que edad tendría para la época, solo me atrevo a considerar, que no debía pasar de los siete años. 

Mi tío Paulino que se las daba de gallero y criaba animales de raza fina para riñas, tuvo a bien regalarme un pollito de pocos días de nacido, aquel regalo tan especial, me llenó de alegría y desde el instante en que me lo regaló, no hice otra cosa que cuidarlo con dedicación especial  dándole todo el afecto que un niño da a sus juguetes, tal vez así lo consideré, un juguete. Hoy lo habría llamado mascota. 

El animalito fue creciendo y con el correr de los días, lo que más me llamaba la atención eran, los cambios que se verificaban, de aquel plumaje sedoso y de un solo color, aquellas lanas, se iban transformando en sólidas plumas que adquirían diferentes colores, la cresta que era solo un pequeño botincito rojo, se le fue transformando en una prominencia de color rojo encendido y su pico corto y fino de color amarillo oro. Debajo de la barba le crecieron unas prominencias redondas y rojas que le daban aspecto de adulto e infundían respeto. 

En las patitas delgadas, le fueron saliendo las espuelas que día por día adquirían consistencia  dura y puntiaguda, la cola era un hermoso ramillete de color blanco con amarillo y las alas estaban cubiertas por un plumaje mezcla   rojiza y blanco, un día que dejara de verlo, al  siguiente le encontraba mas hermoso. 

No tardó en hacerse un gallo con todas las características de un bello ejemplar que me despertaba con su canto todas las mañanas. Mi padre me daba instrucciones de cómo debía alimentarlo, donde ponerlo a dormir cómodamente y sobre todo evitar que otros gallos de los muchos que andaban sueltos por el patio de la casa, vinieran a buscarle pleito y  maltratarlo. 

Mi felicidad se vio truncada  en el instante  en que  llegó a la casa, un señor que según me dijo mi padre, se iba a encargar de prepararlo para cuando ya estuviera listo, enfrentarlo a otro gallo de pelea. Lo primero que hizo el dicho señor fue cortarle la cresta y las prominencias que tenía debajo de la barba, seguidamente armado de unas tijeras, le cortó todas las plumas que le cubrían el cuello, el lomo y los muslos, dejándolo casi pelado mostrando una piel amarillenta. De nada sirvió mi protesta pues todo se hacía por orden  de mi padre sin contar con mi consentimiento.
Todos los días iba el “gallero” a la casa, pesaba el gallo, lo ponía a correr a saltar sobre una valla y le rociaba todo el cuerpo con  una sustancia de olor penetrante que extraía de unas botellas.

Un día se presentó con otro gallo que me parecía muy viejo, a ambos les cubrió las espuelas con gasa y esparadrapo, los soltó en la sala y los animales instintivamente, comenzaron a pelear. Yo me eché a llorar al contemplar como a mi gallo,  el otro le daba unos picotazos tan fuertes que parecía que le iba a arrancar el pellejo del pescuezo.
Esta ceremonia se repitió muchas veces, hasta que un día el señor entrenador, conversó secretamente con mi padre, aquel le propuso compra de mi gallo, no por plata, sino a cambio de un frasco de  perfume llamado “Pompeya”.

De nada valió mi protesta, bañado en lágrimas vi salir a mi gallo de la casa, al que mas nunca volví a ver, pues aunque mi padre se cuidó de informarme que fin llevó mi gallo, a mis oídos llegó la noticia de que en la gallera de un pueblo vecino, en una sangrienta riña había  muerto.

Por buen tiempo le manifesté a mi padre mi disgusto negándole los buenos días, y hasta llegué a abstenerme, además, de rezar el rosario en familia  como de costumbre, cada noche antes de acostarnos. 

Mi padre comprensivo, supo manejar la situación, ese gallo –me decía- ya no era para que tú lo cuidaras, en cualquier momento te podía sacar los ojos, el señor que se lo llevó, me prometió  regalarte un pollito cuando el gallo tenga hijos. El tiempo que todo lo cura,  calmó el sufrimiento, elaboré mi duelo y finalmente, opté por recibir el frasco de perfume.
Leer más...

jueves, 19 de enero de 2012

" DIÁLOGO DE DOS MÉDICOS RETIRADOS "

Autor Israel Diaz Rodriguez (Colombia)

Camino al gimnasio se cruzan los dos abuelos, Don Matías y Filiberto, este al ver a Matías, le dice: ¡Hombre que bien te ves, en tu rostro adivino que la estás pasando de primera, pero dime,  todo este tiempo que teníamos de no vernos donde has estado, pues me he cansado de llamarte por teléfono y en tu casa nadie lo responde.

No lo hice por el celular porque bien se que no has querido hacer uso de este medio de comunicación tan moderno como eficaz, tampoco por Internet pues según tu teoría, te resistes a manejar el computador creyendo en aquel dicho que dice: “loro viejo no aprende a hablar” además por medio de uno de tus nietos he sabido que ya poco sales de la casa, que no te levantas casi del mecedor que tienes colocado delante del televisor, en donde te la pasas todo el día viendo y oyendo noticieros, partidos de fútbol, básquetbol y béisbol, amén de las telenovelas, buenas, regulares o malas que emiten los canales criollos.

 ¿Es cierto que ya abandonaste el buen hábito de escuchar música clásica?

Escúchame Filiberto, - responde Matías - casi todo cuanto te han dicho de mí es cierto, pues desde hace dos años que dejé la cátedra en la Universidad, me he recluido en la casa porque entre otras cosas, dime:

¿Qué sale uno a buscar a la calle, si nó una mala hora?

¿A caso no lees en los periódicos locales, nacionales e internacionales lo convulsionado que está el mundo?

Robos, atracos a mano armada, por quitarte cualquier prenda o por lo que sea, te amenazan y si no entregas  lo que te piden, seguidamente te dan una puñalada o te hieren mortalmente de un tiro.

 Así que uno en su casa no corre estos peligros, tienes la vida mas segura y hasta donde se puede, mas tranquilla, porque la verdad es que,  la tal tranquilidad en la casa es relativa, pues ya uno a esta edad de nosotros, se ha puesto mal humorado, fregón y como estás solo con tu mujer que también por sus años, y razón no le falta para molestarse por todo cuanto  haces, pues se te olvidan muchas cosa que a ella le fastidian, a veces cosas baladíes que tu no crees que tengan tanta importancia, pero para ella sí.

Por ejemplo: dejar el tubo de la pasta de dientes destapada, la jabonera llena de agua, la toalla mojada sin  colgar al sol, los interiores y las medias  tiradas fuera del tanque de la ropa sucia.

Como te digo, cosas insignificantes, pero se disgusta. Claro que ella también tiene sus cositas, no cierra las puertas de los closet, se duerme con los lentes puestos y la televisión encendida, pero el bueno de uno, cierra las  puertas, le quita cuidadosamente los lentes para que no se despierte, la cubre con las sábanas y le apaga el televisor.

Acepto que yo en verdad molesto  a mi mujer pidiéndole cosas que yo podría hacer, desde lo más elemental como es tomarme un vaso de agua e ir a la nevera y servírmelo yo mismo, como no quiero perderme el posible gol que puede meterle el equipo de mis simpatías en ese preciso instante,  lo que hago es llamar en voz alta a Filomena – mi mujer – que está ocupada en la cocina preparando el almuerzo o lavando la ropa.

Desde luego, ella aburrida, porque esto es cosa de todos los días, me grita: ¡Carajo!  “Matías, es que ya no puedes caminar,  párate un rato y ven tu mismo a buscar el agua, ¿no ves que estoy con las manos llenas de grasa preparando  el pollo que nos vamos a comer?. Te vas a tullir”.

¿Dime tu Filiberto, no es mejor estar seguro en la casa a pesar de las peleas de todos los días con tu mujer?

Pues yo te cuento – responde – Filiberto: todos los días me levanto temprano, camino media hora antes de desayuno, después me baño con agua tibia, me visto siempre bien sea que vaya o no a salir,  me desayuno a eso de las nueve de la mañana, leo el periódico advirtiéndote que la página que primero abro es en la que están los muñequitos, comenzando por Pancho y Ramona, Olafo y Helga, Condorito y sus amigos, Fonola, Pepe Cortisona, Huevo Duro y Saco de Plomo, esto me hace reír y descargar todo el mal humor que haya acumulado durante la noche.

Seguidamente, cojo el teléfono y llamo primero a mis familiares y luego a mis amigos para ver como han amanecido, me siento al computador, abro mi correo, si algo  me interesa, lo imprimo o lo guardo, luego leo los titulares de algunos periódicos y, finalmente le dedico mas tiempo a la búsqueda de los mas recientes estudios sobre mi especialidad la – Menopausia -, en las revistas especializadas.
Después del almuerzo una buena siesta y en la tarde a leer un buen libro.

Lo que si me molesta bastante y no te lo voy a negar, - continúa Filiberto -es la manera, la forma como ahora los padres educan a sus hijos, no se les puede dar un jalón de orejas a los nietos porque seguidamente salta la madre diciendo que “le van a traumatizar al niño”.

 Esto lo dicen ellas – las mamás – porque la sicóloga así se los ha informado. Aun así, sus travesuras me divierten y cuando no me los traen los Domingos, llamo a mi nuera y le pregunto el por qué no me los ha traído, en fin,  Matías  querido amigo y colega, no me quejo, soy tan feliz que ni en la muerte pienso.
Leer más...

lunes, 12 de diciembre de 2011

"LA NOCHE BUENA DE ANTONIO GUARDERAS"

Autor  Israel Diaz Rodriguez (Colombia)

La noche del 24 de Diciembre, Guarderas después de haber deambulado durante todo el día por las calles del pueblo, buscando como lo tenía que hacer todos los días quien le diera un plato de comida, casi a la puesta del Sol, cansado resolvió irse a dormir.

El dormitorio era una caballeriza abandonada. propiedad de un Italiano  muy caritativo que se había venido a América y cayó en Colombia, después de terminada la segunda guerra mundial.

El padre de Antonio lo había engendrado  cuando ya estaba bastante avanzado en edad, viejo y enfermo, murió antes de que su hijo  cumpliera los tres años,  su madre, que nunca había gozado de buena salud, también murió poco después del nacimiento de Antonio,  quedó pues, huérfano a  temprana edad, su hogar fue siempre la calle, una anciana que vivía sola en humilde vivienda vecina a la caballeriza, era la única persona que de vez en cuando le daba a Antonio  de comer, cuando a ella le quedaba algo de la comida que el italiano le mandaba.

En el recorrido que Antonio había hecho ese día por todas las calles observó como las casas estaban iluminadas con multitud de bombillas multicolores y arbolitos de Navidad adornados con bolas brillantes, muñequitos de todas clases y figuritas de papel de color rojo, verde y blanco donde se veía un hombre gordo de barbas muy espesas y blancas, lentes pequeños de monturas de oro, vestido con saco y pantalones también rojos con blanco, gorro de este mismo color y un cinturón ancho ceñido a la cintura y botas negras de charol.

Los niños de la barriada alborozados, comentaban con los padres las peticiones que por medio de cartas les habían hecho al Niño Dios o, directamente se lo habían manifestado al señor gordo de barbas blancas como premio  por su buen comportamiento y las excelentes notas obtenidas en el colegio.

Para Antonio Guarderas todo aquello era un misterio, él no había tenido la ocasión de escribirle ninguna carta al Niño Dios, pues no sabía escribir y ni manera de acercársele al señor gordo vestido de rojo y de barbas blancas, porque  sucio y mal vestido como estaba, era imposible abrirse paso entre los niños bien vestidos y llevados por sus padres ante el viejo barbado para que le manifestaran  que deseaban que les trajera el Niño Dios.

De manera que se acostó bien temprano sin esperar nada al día siguiente un regalo de parte de nadie, pues no lo había pedido y aún si lo hubiera hecho, su petición no le habría llegado al oído  del Niño Dios dado que este no le conocía y en caso de enviarle algún regalo, no tenía la dirección en donde hacérselo llegar
Sobre su petate sucio y raído se durmió profundamente y se puso a soñar que se había convertido en un pájaro de color verde y pico blanco con patas amarillas, dentro de una jaula  poco cómoda para su tamaño. En un instante, sopló un viento tan fuerte que sacó a la jaula con él dentro por una ventana, el viento  despedazó la jaula y él quedó libre, sin mover sus alas, fue conducido a través de un chorro de luz a una ciudad donde todo era blanco. Alli fue recibido por un coro de niños vestidos  de blanco y con unas alas que batían al compás de una hermosa canción.

Los niños alados, lo condujeron a una plaza inmensa cubierta de nubes que dejaban de trecho en trecho ver una bóveda de color azul, aturdido y sin saber que hacer, pues nada entendía, de pronto se le presentó un hombre de barba negra, cubierto con una  túnica gris y un largo bastón en las manos, este hombre lo tomó de la mano, caminaron un poco y  entraron a un lugar muy iluminado donde una mujer hermosa de tez blanca  cargaba en su regazo a un niño de cabellos dorados y rizados pero finos, de ojos azules y vivaces. El niño cuando lo vio, tendió sus manitos y le acarició la cabeza, seguidamente volvió a su estado humano y se despertó.

 Al levantarse de su lecho el día 25, corrió a la casa de la anciana y le contó el sueño, se sentía alegre como nunca lo había estado, no le importó ver a los niños del pueblo disfrutar de los regalos que les había traído el Niño Dios, porque aún despierto gozaba intensamente  el sueño que había tenido.

La anciana  le abrazó tiernamente y le dijo: “¡Hijo mío!, lo que viviste en el sueño, es el mejor regalo que te ha dado el Niño Dios, porque has pasado la Noche Buena con La Sagrada Familia”.
Leer más...