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sábado, 10 de septiembre de 2011

" LA 65 " por SANDRA LANGONO.

1°  Mención Concurso Literario del IMFC. Publicada en Los Premios

–Está mal.
–¿Cómo que está mal?
–Y sí. Está mal.MEN
–Che, dice que está mal.
–¿Mal?
–Mal.
–¿Cómo mal?
– Y mal. Mal.
–¿Por ?
–Porque sí. Las rutas. Ninguna lleva dónde dice que va.
–Qué cagada.
–Si no, fijáte, un suponer: vos querés ir a Junín por la 65; mirá, te deja cerca de Olavarría; y si querés ir a Santa Rosa por la 5 se desvía y terminás en 25 de Mayo.
–Mierda.
–¿O sea que salimos de Viamonte a las seis de la mañana y a las ocho y media no sabemos si vamos para Puán o si vamos a terminar cerca de Luján o de Rauch o de Lincoln?
–O sea.
–¿O sea que el tipo agarra, por ejemplo, para Tejedor y estaciona en la plaza, vamos a decir, de Roque Pérez?
–O sea.
–Siempre y cuando Roque Pérez sea Roque Pérez y no sea Juárez o Pringles o la quinta del Ñato.
–O sea.
–¿Y entonces?
–¿...?
–¿Tiro el mapa a la mierda?
–Y qué sé yo. Si te parece, tirálo.
–Si no sirve.
–Por eso, tirálo.
–¿Paro y preguntamos?
–Dále.
El Renault 9 bajó la velocidad con cautela. El Pulga levantó el pie izquierdo y el derecho, apretó intermitentemente el freno. Fijó los ojos en el espejo retrovisor primero y en el de la puerta, después. Esperó que pasara el coche que venía por la mano contraria; deslizó la palanca del guiño y, por fin, cruzó la ruta medio al galope, lo que le valió los epa, epa, ole, ole, poné primera poné de Jacinto y de Gaspar que había abandonado el mapa equivocado sobre el asiento trasero. Estacionó paralelo al surtidor de nafta ecológica. Gaspar abrió la puerta del auto y saltó con la campera en la mano.
–Disculpe, maestro. Una pregunta. Creo que le erramos en el cruce y nos fuimos al diablo. ¿Esta es la ruta que va a Guaminí?
El hombre de mameluco gris y manos arrugadas tomó el balde y el trapo. Giró negativamente la cabeza y puso gesto de sentirlo:
–No, señor. Esta es la ruta que vuelve de Guaminí.
– Bueno. Si vuelve, también va-. Y giró hacia el coche y le hizo una seña al Pulga y a Jacinto de vamos bien. Entonces el Pulga decidió recargar el tanque y acercó el auto al surtidor, mientras Gaspar giraba sobre sí mismo para volver al hombre de mameluco y confirmar, por las dudas.
 –Usted me dice, entonces, que efectivamente esta es la ruta 65.
–Es la 65. La ruta que vuelve de Guaminí. No la que va.
El hombre lo miró desde los surcos profundísimos de la nariz y la mirada rodeada de huellas lo hizo parpadear. Entonces Gaspar pensó que era mejor no seguir la discusión con el hombre de mameluco gris. Volvió al coche al grito de vamos bien, vamos y, tras la carcajada del Pulga, abrió la puerta y subió; el Pulga encendió el motor y avanzó hasta detenerse al borde de la banquina y aceleró de pronto cruzándose delante de un Fíat. Gaspar silbó en el asiento trasero: asesino, por un milímetro. El Pulga aceleró sobrando la cara de susto de Jacinto que, para distraerse, empezó a preparar el mate. Gaspar contó la historieta de la ruta que vuelve. El Pulga dijo que estaría medio del otro lado, el tipo.
–O mamado, aclaró Gaspar, que creía haberle visto cara de cerveza-. Una ruta que vuelve, no que va. Dále Pulga, que vamos bien.
–Che, Jacinto, ¿y el mate? Dále, pasáme uno. Te los tomás todos vos, hermano.
Jacinto se había quedado callado, tomando un mate y otro y pensando en la teoría del hombre de la estación de servicio y le pareció oportuno preguntar qué ruta había que tomar en Guaminí y pasó el mate al Pulga que trató de equilibrarlo con el volante. Jacinto aprovechó que tenía las manos vacías para poner la radio y tratar de sintonizar algo informativo, por si las moscas. El Pulga le devolvió el mate y aceleró y, en el asiento trasero, Gaspar esperó que pasara el impacto del acelerador y trató de reubicarse en el mapa.
–Pará que ya te digo.
–¿Y con ese mapa me vas a dar los datos? SI nos guiamos por eso vamos a ir a parar al culo del mundo.
Jacinto, atento al recorrido del camino y a las frenadas que cada dos por tres le hacían pifiar la boca del mate, llenó otro y se lo pasó a Gaspar y aprovechó la ocasión para insistir con el asunto de la ruta. Gaspar protestó una vez más porque había comprado un mapa que se suponía de última y que no servía para marcar una ruta como la gente pero guarda. El volantazo del Pulga le hizo volcar el mate y Gaspar lo insultó en todos los idiomas. El Pulga se disculpó por haber calculado mal; pensó que pasaba pero el otro se le vino encima así que el volantazo era la única; más vale un manchón de mate que hacerse ñoqui.
–¿Me van a decir o no qué hay que agarrar en Guaminí?
–Cómo jodemos, hermano. Se supone que la 33.
–¿Hasta Pigué?
–Y de ahí, por la 67 derechito hasta Puán. Así me lo explicó el Topo anoche. Aunque no le dí mucha pelota porque contaba con el mapa del saláme este.
–No me hablés...
–Che, perdonen ¿no?, pero ¿no pasamos ya por acá?
–¿Eh? ¿Qué te pasa? ¿Te agarró la del tipo de la estación de servicio? Fijáte bien que en cualquier momento tiene que aparecer un desvío y después, en un pedo, estamos en Daireaux.
Jacinto se removió incómodo en el asiento mientras llenaba otro mate y se lo pasó al Pulga. Atrás, Gaspar estiraba la cabeza por la ventanilla tratando de ubicar el desvío anunciado. Dudó sobre de qué lado debía estar el desvío y Jacinto, entonces, aprovechó la pregunta para repetir que aunque lo gastaran él estaba seguro de haber visto ya esas cuatro vacas rumiando con los ojos melancólicamente perdidos en el pasto.
–Sí, claro, no me digás. ¡Si todas las vacas son iguales, gil!
Jacinto suspiró y no dijo nada más porque el Pulga estaba impaciente por encontrar el famoso desvío y apretaba el acelerador sin el menor parpadeo. Por otra parte, Gaspar estaba tan convencido de que iban por la ruta indicada, que Jacinto se dejó llevar por la idea de la confusión y trató de tranquilizarse cebando otro mate y abriendo la bolsa de los bizcochitos. Sin embargo ese cartel y ese cruce de tierra. Pero entonces.
–¿Qué hiciste con el mapa? ¿Lo tiraste, al final?
Gaspar dijo que no pero no te gastés: no sirve para nada; y, sin quitar la vista del camino, manoteó el mapa ajado en el asiento trasero y se lo pasó para adelante. Jacinto abandonó el mate y abrió el mapa sobre las rodillas. Trató de ubicar Viamonte. Luego, dejando el índice izquierdo fijo en el punto negro, siguió, con el otro índice, el recorrido de la 65. Llegó sin dificultad hasta 9 de Julio y pudo seguir hasta Bolívar luego de cierto rodeo porque la ruta cambiaba de nombre y con una vuelta extraña se perdía hacia el lado de Casares. Sin embargo, una vez que ubicó Bolívar, intentó seguir sin levantar el dedo del papel hasta el punto que señalaba Daireaux yde allí hasta Guaminí. Pero en Daireaux las cosas se complicaron. La ruta se doblaba con un rulito o una especie de tirabuzón desdibujado por otra que marcaba un cruce y por la doble línea que indicaba el camino de tierra. Se concentró en el índice derecho y lo fijó al papel siguiendo la línea de la ruta. Tuvo que bajar un poco más, girar un poco, retomar la línea recta y cuando llegó al punto del siguiente pueblo la ruta volvió a plegarse. Volvió la vista hacia arriba buscando el índice izquierdo que suponía fijo pero entonces tuvo que levantar la vista porque el Pulga se había adelantado y de frente venía una moto y este inconciente no sabe lo que hace, nos vamos a hacer teta y ahí vio, sobre el fondo del campo que tenía a la derecha, la casita de tejas rotas.
–¡Estamos volviendo! ¡Te digo que estamos volviendo! Mirá aquélla casa. Ya la pasamos.
El Pulga miró por el espejo a Gaspar; Gaspar primero le devolvió la mirada de sospecha y luego giró los ojos hacia Jacinto que se revolvía en el asiento y agitaba las manos y señalaba hacia afuera :
–¿No te das cuenta? Estamos por llegar a 9 de Julio. Esta es la ruta que vuelve de Guaminí.
–¡Pero si vamos siempre en la misma dirección!
–Yo te digo que a esa casa ya la vi. Segurísimo que la vi.
–Ja. Bueno. ¿Así que estamos volviendo? Entonces no hay drama: giramos y retomo y listo.
Jacinto entrecerró los ojos y tiró la cabeza un poco hacia atrás.
–Pará, Pulga, que me parece que tiene razón.
El silencio de los tres estalló en el coche. Jacinto volvió al mapa y Gaspar a la ventanilla. El Pulga abandonó la idea de girar y volver para atrás y aceleró como si quisiera ganarle al camino de vuelta. Gaspar, a lo mejor influido por la insistencia de Jacinto o quién sabe por qué, creyó reconocer el poste torcido con el nido de hornero inclinado en la punta; pero se dijo que no podía ser aunque por las dudas. El Pulga parecía volver de la ruta más furioso que desconcertado. Anunció que acababan de pasar un desvío; sigamos a ver adónde mierda vamos a parar. Gaspar se prendió a la ventanilla tratando de reconocer o desconocer un puesto de salamines en la banquina, una vaca, una tranquera, un árbol. Jacinto se hundió en el mapa devorando un bizcochito tras otro y el Pulga volvió a acelerar como para ir más rápido que el paso de los pueblos. Cuando después de una hora y pico no encontraron seña alguna, ninguno de los tres quiso rendirse ante el asombro:
–¡La pifiaste en la rotonda de Bolívar, pelandrún!
–Si no pasamos por ninguna rotonda.
–Fijáte en el mapa. No puede ser que nos hayamos desviado tanto.
–Tirá a la mierda ese mapa de una buena vez, que para lo único que sirve es para armar quilombo.
Sin embargo, Jacinto volvió al mapa y tuvo que girarlo varias veces sobre sí mismo para poder encontrar un punto de referencia conocido. Después de un buen rato de ir y venir por las rutas de papel y de señalar varias veces los puntos diminutamente oscuros de rectángulos y círculos y de recorrer una y otra vez la 65 y su empalme con la 5 y el otro empalme y el cruce y la marca que señalaba camino en construcción, se dio cuenta de que el mapa trazaba el mismo camino que la ruta. Pero no abrió la boca porque Gaspar gritó que era cierto: esos montículos de tierra, allá atrás, al final del campo, él los había visto a la salida, o la entrada, según cómo se mire, de 9 de Julio; pero el Pulga le retrucó que no puede ser porque tendríamos que haber cruzado algún cartel y no cruzamos nada y entonces dónde carajo estamos ytiró el auto a la banquina y apretó los frenos y entonces rodó el termo y se desparramaron los bizcochos y Gaspar fue a dar con la pera en plena nuca del Pulga que gritó y bueno qué querés que haga si frenás así; qué mierda te pasa.  Se bajaron los tres y se quedaron parados al lado del auto. La ruta vacía los perdía aún más. Jacinto caminó hasta el centro justo y, parado entre los dos carriles, giró para un lado y para el otro, trató de orientarse y averiguar si iba o volvía. Gaspar, con las manos en la cintura, giraba en círculos sobre sí mismo y abría los brazos y volvía a apoyar las manos en la cintura y otra vez los brazos abiertos y más círculos sobre sí mismo. El Pulga, apoyado en el auto, trompeaba una y otra vez el techo y puta madre y qué carajo hacemos ahora y subamos de nuevo y yo sigo por ahí y que se vaya todo a la mierda. Pero, a Gaspar, no sabía por qué, no le gustaba la idea de volver al auto y Jacinto no paraba de hacer cálculos parado en medio de la ruta vacía desde hacía un rato largo. Así estuvieron hasta que se fueron cansando por turno. El Pulga, siempre apoyado en el auto, fue pasando de los puñetazos al dedo en la nariz y la patadita en una piedra. Gaspar terminó sentado en el borde de la banquina haciendo dibujitos en la tierra con un tallo de pasto. Y Jacinto volvió de la ruta al auto; se sentó con la puerta abierta y las piernas fuera y volvió a atacar el desciframiento del mapa. Iba de la ruta de papel a la ruta de cemento, del círculo dibujado a estirar los ojos sobre el horizonte, de la marca negra a la búsqueda de la curva. Gaspar notó en voz alta la ausencia absoluta de tránsito en la ruta y no le gustó y el asunto empezó a olerle mal. De repente el Pulga se hartó.
–Vamos.
–¿Vamos? - apuntó Jacinto y se quedaron otra vez callados y mirando para arriba como si el cielo tan tan gris pudiera decirles algo.
–¿No se supone que volvemos? Volvamos, entonces.
–¿Volvemos, Jacinto?
–? Y, yo qué sé, volvamos. O vayamos.
Las miradas de Gaspar y el Pulga cayeron sobre Jacinto como un puñetazo de vidrio.
–Y bueno, ¿qué quieren?
–Dejémonos de joder. Vamos.
El Pulga pateó una piedrita, palmeó por última vez el techo del Renault, abrió la puerta y se metió en el auto. Jacinto también entró, pero antes estrujó bien el mapa y lo dejó abandonado en la banquina, por si acaso, y cerró de un portazo que ocasionó otro insulto del Pulga que había encendido el motor y aceleraba una y otra vez en punto muerto. Gaspar, parado al lado del auto, mirando el horizonte, se trepó al asiento trasero y protestó porque justo ahora te agarró el apuro y qué hacés ahora que no arrancás.
–Andiamo- esbozó el Pulga y acomodó la espalda y puso primera. Gaspar le palmeó la nuca y le guiñó el ojo a Jacinto y cantó volver con la frente marchita.
–Andá a cagar.
–O sea.
Y volvieron a la ruta.
Anduvieron callados pero atentos muchísimos kilómetros solitarios. La rutina de la ruta vacía y ellos, con los ojos cada vez más abiertos. El Pulga, después de bostezar dos o tres veces seguidas, volvió a encender la radio para tratar de despabilarse. Gaspar había cruzado los brazos detrás de la nuca y, al notar que la cabeza se le iba con el zumbido del motor, se reclinó en el respaldo y trató de dormitar un rato en el asiento trasero, pero cuando el sueño lo abarcaba definitivamente, la voz del Pulga lo sacó del letargo y por qué no se dejan de joder, carajo; no se van a dormir justo ahora que se me están acalambrando hasta los pelos. Estaba a punto de pedirle a alguno de los dos que manejara un rato; pero se arrepintió inmediatamente porque jamás había cedido el volante de su Renault a nadie y no iba a rendirse ahora, qué tanto. Jacinto había recuperado un libro de cuentos del fondo de su bolso de mano y había intentado concentrarse en la lectura. Sin embargo, no podía evitar levantar los ojos del libro cada tres o cuatro renglones y dejarlos perdidos en el deslizarse interminable de la ruta bajo las ruedas del auto. Gaspar se removía y suspiraba y bufaba a cada rato y no encontraba una posición cómoda para las piernas y la cabeza. El Pulga había entrado en un mutismo cerrado con llave; el gesto en las cejas demostraba a los gritos el fastidio y la bronca y Jacinto y Gaspar lo conocían bien y ambos prefirieron sostenerle el silencio a pesar de que la aguja en el velocímetro les producía cosquillas en el pecho y hormigas en la espalda. Siguieron así kilómetros y kilómetros hasta que a Jacinto, ojeroso y despeinado, se le desbocó la impaciencia; no aparecía pueblo ni señal ni nada. Guardó el libro en el bolso, investigó en las caras del Pulga y de Gaspar y al fin se decidió a decir en voz alta el estado de su nerviosismo. El Pulga estuvo a punto de atacar otra vez con los insultos, pero Gaspar lo interrumpió para admitir que Jacinto tenía razón y recién en ese momento se les ocurrió pensar en la hora. El día nubladísimo les había hecho la engaña pichanga.
–Carajo; entre pitos y flautas ya son casi las cinco.
–Con razón tengo hambre- Gaspar se sintió, en el fondo, aliviado de poder decir alguna palabra-. ¿Hay algo para comer?
–Algunos bizcochos.
–No está mal. Algo es algo. Dále Jacinto: hacéte unos mates.
–Va a tener que ser bizcochos secos: el termo se rompió con la frenada de este boludo.
–Y bueno, que sean bizcochos, entonces.
El Pulga había entrado en una curva que no acababa nunca. El coche doblaba y doblaba y Jacinto se dio cuenta de que a medida que se cerraba la curva elcampo se iba volviendo cada vez más árido y más vacío; entonces se preguntó cuánto hacía que habían cruzado la última vaca y se animó con la pregunta que lo rondaba desde hacía rato:
–Che, ¿no nos habremos perdido?
–¿Perdido? ¡Si no nos movimos de esta ruta de mierda! - y torció más el volante siguiendo la línea de la curva.
–No, decía, nomás.
El Pulga cuidó la línea del volante para que las ruedas no mordieran la banquina en momentos en que la curva se abría unos metros. Gaspar se enderezó en el asiento porque la inercia lo obligaba a torcer el cuerpo permanentemente.
–Che, ¿llegaremos algún día?
El Pulga lo miró por el espejo y Jacinto giró la cabeza pero ninguno contestó ni se atrevió a repetir la pregunta y el coche siguió doblando y doblando y doblando.
–¿Cuando mierda terminará esta curva? Hace como media hora que la sigo.
–Ya me parecía a mí que la curva era un poco larga-. Jacinto no pudo aguantar la risa y el Pulga acabó también por sonreírse. Entonces Gaspar se distendió un poco:
–Tengo más hambre que maestro santiagueño. ¿Se acabaron los bizcochos, che?
–Acabás de comerte el último. Se acabaron los bizcochos. Se acabó la yerba. Se rompió el termo y estamos como cuando vinimos de España, estamos.
–O sea.
De repente y casi sin querer el auto empezó a enderezarse lenta y minuciosamente y en el fondo del camino empezó a delinearse un arbolito miserable. ¡Esa! ¡Vamos! ¡Aguante, carajo! Y empezaron a aplaudir y a palmearse mutuamente y a disfrutar anticipadamente del momento en que en la banquina se dibujara un restaurante, una fondita o aunque más no fuera un puestito de chorizo y pan casero o un algo cualquiera. El Pulga aflojó las manos del volante en el final de la curva y, a pesar de las piernas doloridas y de la espalda bloqueada por el cansancio, se entusiasmó ante la recta y aceleró con todo. Gaspar y Jacinto se dedicaron a estudiar el aumento de tamaño del arbolito. Jacinto tiró el cuerpo hacia adelante hasta casi hundirlo en la guantera como para apurar el trayecto y Gapar estiró la cabeza por encima de la del Pulga como para no perder detalle de la distancia que se acortaba y los acercaba al punto cada vez menos diminuto. Siguieron haciendo fuerza junto con el pie derecho del Pulga y en poco tiempo estuvieron frente al arbolito que pasó sin pena ni gloria porque detrás de él hubo otra vez ruta y campo descolorido y músculos cada vez más anudados. Gaspar suspiró:
–Y bueno, un árbol es un árbol.
–Y sí.
–No, si va a ser café con leche. ¿Qué pavada estás diciendo?
–Bueno, che. Más vale un árbol que pampa vacía- y reflexionó serio- después me vienen con el paisaje de la pampa: campo y campo nomás. Mirá que joda.
El tiempo se alargaba en el cielo gris, gris y la ruta se alargaba frente al auto. Luego de andar y andar, Jacinto notó que el campo empezaba a vestirse con una paciencia exasperante. La llanura lánguida y desnuda se ponía un montecito de este lado, una casita perdida del otro; un poco más adelante, alguna tranquera de vez en cuando. Cuando los caballos se delinearon en el límite del campo con el horizonte, el entusiasmo de Gaspar y Jacinto postergó por un rato el cansancio y el mal humor; aunque la ausencia de tránsito les producía un cierto cosquilleo y el tanque de nafta empezaba a convertirse en un problema. El Pulga estaba insoportable. Cada vez que abría la boca era para ladrar y a los otros dos se les acababan los recursos para calmarlo y para aguantarlo. Gaspar optó por hacer de tripas corazón, volver la mirada al campo y cruzar los dedos para que apareciera lo más pronto posible una estación de servicio para cargar nafta, para estirar un poco los huesos, para dejar de escuchar las protestas del Pulga, para llegar a algún lado. Mientras tanto, la tarde se iba convirtiendo en tardecita y a la luz nublada del día se agregó la penumbra de la cercanía de la noche. Gaspar estaba en medio de un bostezo cuando Jacinto anunció que un punto, aparentemente móvil, se atravesaba en el final de la recta. Se incorporaron los tres sobre el borde de los asientos y contuvieron la respiración y se quedaron expectantes con la vista fija en el punto y los dedos apretados. El Pulga se animó y volvió a lanzar una acelerada profunda y, aunque, parecía que el punto se agrandaba y se acercaba rodando, todavía no se atrevieron a decir ni mu.
El paso del camión fue un chasco a manos llenas. El Pulga se había desvivido en bocinazos y guiños, dos seguidos y cortos, uno más retardado, otra vez dos seguidos y cortos. El camionero, contento y seguro, había contestado todos las señales como en eco, como si disfrutara de haber descubierto un juego en la ruta y lo divirtiera entrar en diálogo móvil con los viajantes del otro carril. Así que, cuando por fin estuvieron paralelos por algunos segundos, el camionero levantó los dos brazos, vovió uno al volante, tocó un bocinazo largo y siguió derecho como si nada.
–¡Que te parió!-. El Pulga desmembró el puño contra el volante.
–Amén- rezó Gaspar, que, molesto dentro de la ropa arrugadísima y polvorienta, dejaba que las contrariedades le resbalaran por la brazos somnolientos y se desbarataran sobre la alfombra de goma, porque a esta altura ya cualquier cosa le daba exactamente lo mismo. En ese momento, y con apenas un hilo debilísimo de luz en el aire, el Pulga puso las luces de posición y anunció que habían entrado en otra curva de aquellas y Jacinto, que desde hacía rato se había perdido quién sabe dónde, regresó al asfalto picoteado de baches y apretó las manos sobre la guantera; y el Pulga, agazapado tras el volante, apretó los dientes y contrajo el cuello. Gaspar seguía incólume en el asiento trasero.
–Ya va a pasar: no hay curva que dure cien años.
–? Calláte, hacé el favor.
La curva resultó ser una curva común y corriente y la escena no fue más allá; además, la presencia inédita de un montecito, aflojó un poco el clima agobiado atrapado dentro del Renault.
–Se va acabar, se va acabar.
Gaspar volvió a interesarse y el Pulga hizo el primer gesto de mejor humor en varias horas. Después apareció otra curva tranquila y otra vez la recta y otra vez el horizonte delineó un punto negro y Jacinto aprovechó el momento breve de distensión para el aliviar el pensamiento que lo perseguía desde que cruzaron al camionero:
–Che, no es por nada ¿no?, pero ¿por acá no pasamos ya una vez?
–¡Te querés callar, hacé el favor!
–Pero mirá que...
–¡Mierda, Pulga, me parece que tiene razón! ¿No cruzamos ya unos fardos como esos?
–Ah, sí, claro. ¿Y te pensás que son los únicos fardos que hay en toda la provincia?
–Mirá, Pulga, que...
El punto negro se había convertido en una construcción al costado de la ruta. El Pulga puso la luz baja para asegurarse y aceleró todo lo que pudo y volvió al entrecejo hundido. Jacinto abría los ojos como un hipopótamo y trataba de encontrar a su alrededor un mínimo detalle que le indicara que no, que por acá no habían pasado nunca. Gaspar se frotaba las manos y repetía todo el tiempo no puede ser, no puede ser, no puede ser, y, con la ventanilla abierta, sacaba la cabeza y volvía a entrarla cuando el viento le reventaba en los ojos. El Pulga tomó la última recta con furia. El comienzo de la noche los obligaba a estirar las pupilas y la oscuridad, empeñada en caer antes de tiempo, les ponía los pelos de punta porque cada vez costaba más distinguir luces de sombras, sombras de cuerpos y el punto negro ahí adelante. El Pulga optó por poner la alta. Entonces Gaspar tomó a Jacinto por el hombro y Jacinto movía la cabeza desde Gaspar a la ruta y otra vez a Gaspar y el Pulga empezó a bajar la velocidad porque lo que había sido un punto negro ahora se delineaba perfecto encastrado al borde de la banquina en la mano contraria.
–¡Puta madre! ¿Será de Dios? ¿Qué hago?
–Pará. Total: perdido por perdido.
El Renault 9 estacionó en la banquina. Gaspar se bajó y cruzó la ruta corriendo y fue directamente al hombre que estaba de espaldas detrás del mostrador. Ya era noche total y casi sin luna y, desde el auto, el Pulga y Jacinto sólo divisaban la sombra de Gaspar corriendo a contra luz y la sombra del hombre que ahora se había doblado sobre lo que parecían unas cajas o bultos opacos. Gaspar se preguntó por qué la luz encendida adentro no llegaría hasta él y por qué los postes del alumbrado estarían apagados. Tuvo que avanzar con cuidado para no tropezar con algo. Por fin llegó a la puerta y antes de entrar volvió la cabeza hacia el coche pero no distinguió gran cosa más que el cono de la luz sobre el pasto de la banquina y la silueta borrosa del Pulga al volante y sospechó que estaría tratando de ver qué pasaba. Levantó un brazo. Después entró. El hombre estaba oculto detrás de una caja registradora y Gaspar apenas podía verle parte del pelo despeinado y oscuro. El hombre lo escuchó entrar y levantó apenas la vista de la máquina. Le dijo que esperara un momento y volvió al cajón de la registradora. Gaspar retrocedió un paso y se quedó quieto como preguntando con todo el cuerpo. Después se acercó al mostrador :
–Disculpe, don. Buenas noches. ¿Me puede decir qué ruta es esta?
El hombre lo miró de frente:
–¡Otra vez usted! La 65. La ruta que vuelve de Guaminí.

Sandra Langono.
1º mención Concurso literario del IMFC.
Publicado en Los Premidos.
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miércoles, 6 de julio de 2011

"Igualito que un tesoro "

Primer Premio del Jurado del Concurso de relato breve “Yo te cuento Buenos Aires II, edición Bicentenario

AUTORA: SANDRA LANGONO.

No, señor. Si no fue por el huevo. Fue por otra cosa. Vaya una a saber. Capaz que fue de rabia, nomás. Es que ¿sabe, señor?, una está harta y a la final una se cansa. Siempre tratándola a una como si una sería un trapo de piso. Una termina tirando la toalla*. Es así. Qué se le va a hacer. Mire, señor, yo ya se lo conté todo. Todito, le dije. Pero si quiere, yo se lo cuento todo de nuevo, ¿eh? Total, qué más me da a mí. Vea, yo entré a la feria a eso de las ocho, ¿sabe? En la calle no había casi nadie. El guacho* ese apareció después. Nada más el quiosquero estaba en la cuadra. Si yo me acuerdo porque me arrimé a mirar los diarios… que con este gobierno una se ha vuelto pobre, pero yo de chica supe ir a la escuela, y me arrimé a pispear* en los diarios por lo de la elecciones de ayer, ¿vio?; por eso del jefe de gobierno; si yo lo vi por la tele; dicen que es la primera vez que Buenos Aires va tener jefe de gobierno y entonces, digo yo, el Intendente… (1) ¿qué? Yo no sé, yo no entiendo, señor, pero, usted digamé, ¿no nos va a pasar otra vez lo mismo? Que siempre nos prometen y nos prometen y después…, nada. Después, con noso¬tros… ah, no, si te he visto no me acuerdo. Mire la que nos hizo el patilla (2). Y nosotros… si habremos sido pajarones*. Nosotros lo votamos al patilla como si habría sido la reencarnación propia del General (3). Y usted se acuerda cómo ha¬blaba y cómo nos prometía que esto, que lo otro y después, ja…, a llorar a la iglesia y ahora mire cómo estamos. Y a quién íbamos a votar, ¿eh? ¿A quién? En mi casa siempre se fue peronista*, siempre. ¿Y ahora? Y no, no había nadie en la calle ni en la feria, tampoco. Yo voy siempre a esa feria porque ahí hay gente bue¬na y siempre me dan algo. Y después que está cerca de la iglesia, de La Redonda, ¿vio?; la que está cruzando Cabildo, justo antes de llegar a la plaza. La que se pone linda los fines de semana; se llena de gente y están los puestos y es alegre y hay pibes*; y del otro lado, del lado de La Redonda, están los juegos y los pibes se entretienen, ahí, y los fines de semana se la pasan jugando toda la tarde. ¿Qué va a ser de los críos, ¿eh? Digamé qué va a ser de los críos si a mí me pasa algo. Si yo soy lo único que tienen. Capaz que por eso me puse así, como una fiera. Capaz que por eso me la agarré así con ese guacho. Nada más la carnicería estaba abierta y algún que otro puesto, capaz, no sé. Pero la carnicería sí que estaba abierta y esta¬ba el carnicero. Y ahí fue que compré el huevo, en la carnicería que está a gatas* uno entra. Si yo cuando venía por la calle, por Juramento, vi que la feria estaba abierta porque lo vi desde afuera al carnicero preparando el mostrador. La Luisa me había prestado unos pesos. Cinco. Cinco pesos me dio la Luisa. Y yo me iba para la Estación de Barrancas, ¿vio?; como todas las mañanas. Agarro derechito por Juramento y me voy caminado hasta la barranca. En la estación siempre algo se vende. Yo vendo cositas: broches, hilos de coser, agujas… esas cosas. ¿Eso se lo dije? Yo, antes, no tenía tanta necesidad como ahora. Antes yo iba a trabajar y los críos iban a la escuela. Hasta que empezó a venirse todo abajo y cada vez peor. Después empezaron a echar gente y me echaron a mí también. Quién nos iba a decir, digamé, quién nos iba a decir a nosotros que el patilla nos iba a hacer el corte de mangas* que nos hizo (4). Porque, la verdad, señor, la verdad es que a este gobierno no le importa nada de todos nosotros y una los ve por la tele y ve las fotos en las revistas, con esas pilchas* y esos autos importados y las casas como pala¬cios y las mujeres todas llenas de anillos y collares y las pieles y los flequillos to¬dos iguales (5) y a una le da tanta rabia, señor, tanta rabia, porque nos han tratado como si seríamos quién sabe qué, señor, no me lo diga. De la textil me echaron y al Alberto terminaron por echarlo también… Si usted vio que hay una punta de gente en la calle, sin trabajo y sin nada que hacer que eso es lo peor de todo (6). Y vea, señor, acuerdesé bien de lo que yo le digo, que nosotros somos los primeros en caer porque somos los de más abajo, pero van a seguir cayendo, como moscas van a caer, usted ya lo va a ver y entonces ¿qué van a hacer con todos nosotros, eh? ¿Qué va a pasar con todos nosotros? Después al Alberto, no sé qué le pasó que se mandó a mudar* cuando me quedé de la más chica, de la Lola. Un buen día se levantó y se fue y no volvió más y yo me quedé sola, señor. Sola con todo. Hacía un frío esta mañana. A mí me temblaban hasta los dientes. Total, que cuando vi los huevos… Esos huevos, ahí. Parecían recién salidos de la gallina: tan ovaladitos, tan limpios; si hasta parecían calentitos, mire. No me pude resistir y entré. Que si yo habría sabido… Pero entré, nomás. Los dedos me transpiraban en el bolsillo. Yo acariciaba los cinco pesos. Se me hacía agua a la boca. Es que yo antes sabía comer huevo seguido, ¿sabe? Antes, cuando teníamos la casita; ahora fuimos a parar a la calle y por lo menos nosotros conseguimos donde dormir; pero ¿y los otros? ¿Y toda esa gente que tiene que dormir a la intemperie? Total que vi los huevos y me dio como un antojo, como un ataque de comer huevo. Igual pensé en los críos, ¿eh? No se vaya a pensar que no. Qué sé yo. Con esa plata, capaz me alcanzaba para comprar un poco de polenta aunque más no sea. Pero no me las pude aguantar. No me pude contener como quién dice. Y fui y me lo compré con los ojos cerrados. El carnicero me lo metió en una bolsita y yo me lo guardé en el bolsillo. Lo acariciaba con la punta de los dedos, mire. Si hasta me dan unas ganas de largarme a llorar. Lo acariciaba igualito que si tendría un tesoro. ¿Y sabe qué? Vea, señor, que si una sería adivina yo me lo comía ahí nomás al huevo. ¡Pero qué me iba a imaginar, yo! ¿Eh? Digameló usted, señor: ¿cómo me lo podía imaginar, yo? Yo salía de la feria contenta. Salía por la puerta donde está el puesto de flores. Y ahí, justo en la esquina de Juramento y Ciudad de la Paz, había estacionado uno de esos camiones de mercadería, ¿vio? Y justamente ahí fue que se me apareció este degenerado saliendo de atrás del camión. Yo lo vi que venía para el lado de la puerta de la feria. Verlo lo vi, la verdad. Pero no le di ni cinco. Me pensé que sería uno de esos guachos que salen de farra* corrida y que volvía a su casa medio bo¬rracho o algo así. Era un guacho bien vestido, no vaya a creer. Usted lo vio, no tendría más de 30. Bien vestido, sí. Uno de esos guachos que usan traje con zapa¬tillas seguro que importadas; y con el pelo bien cortito y como engominado y con os pelitos parados. Y tenía una pulsera y una cadena en el cuello. Pero a la pulse¬ra y a la cadena se las vi después, cuando ya estaba en el piso. Yo no sé si el tipo hizo como que se tropezaría o si se tropezó, nomás. Eso no lo sé. Pero el tipo se me venía encima como una bolsa de papa y yo me corrí. Y esa fue mi desgracia. Agatita* alcancé a correrme. Si yo vi cómo el guacho estiraba los brazos como para agarrarse de algo, de mí, capaz, y yo me corrí para no irme al diablo junto con él. Fue un impulso cuando me lo vi venir. Que si yo sabía la que se me venía me quedaba quietita ahí nomás y aguantaba el cimbronazo*. Pero usted fijesé cómo son las cosas, señor. Yo tuve la mala suerte de correrme. Y el desgraciado pasó de largo y se fue de jeta* al piso*. Si usted lo habría visto, señor… Como una bolsa de papa, cayó. Y ahí me vino la otra mala idea. Porque a mí me dio risa. La verdad que me entró una risa bárbara. Cuando vi cómo el tipo se estampaba de jeta en el piso, tan fifí*, él, agrandado como galleta en el agua*, porque era uno de esos guachos que la miran a una como si una sería un piojo, como le digo, no me pude aguantar y largué la carcajada. ¡Para qué, señor, para qué! La que se me vino des¬pués fue una verdadera tragedia. Yo, la verdad, no me recuerdo muy bien lo que pasó después. Preguntelé al carnicero, que estaba ahí nomás, del otro lado del mostrador de la carnicería y estaba acomodando la carne en la mesada. Que si el carnicero me habría dado una mano, capaz yo no estaría ahorita acá, con usted. Lo que me acuerdo muy bien es que el guacho se volvió loco. Perdió los estribos*, como quién dice. “Vieja de mierda”, me grita el guacho; eso sí que lo escuché bien clarito; me dice “vieja de mierda” y pega el salto y se me abalanza como una bes¬tia. Yo veía cómo la cadena se le reboleaba en el cogote*. ¿Y sabe cómo apretaba los dientes y estiraba los labios? Parecía propio, propio un perro. Y empezó a dar¬me una de puñetazos… había que ver cómo me daba. Una salsa*, pero una salsa… Meta trompada de acá y de allá me tenía. Pero a mí eso no me importó, ¿eh? Una ya ha pasado por tantas, que a la final ya se le hacen como callos a una, ¿me en¬tiende? Eso sí, me había agarrado como un ardor. Como una quemazón, acá, en el pecho. Y los ojos me ardían de una manera… Hasta que me dio ese trompazo en la nariz. Yo me fui para atrás de golpe. Y el huevo saltó, señor. No sabe cómo sal¬tó. Salió disparado del bolsillo y cayó. Y claro, se hizo pedazo contra el piso. A mí se me saltaron las lágrimas, se lo juro. Y encima, el muy hijo de mala madre, ¿sabe lo que hizo? Se arrimó al huevo partido, levantó el pie y lo estrujó más y más y más contra el huevo. Y se reía. Y más pisoteaba, más se reía. Mire que hay que ser hijo de una mala madre, no me lo diga señor. Ahí fue que a mí se me borró todo. No vi más nada. Se me borraron los gritos y los golpes y la risa de ese hijo de una gran perra. Ciega me puse. ¿Y sabe, qué? Me levanté como si tendría un volcán adentro del cuerpo. Cacé la cuchilla del carnicero y le entré a dar y dar. A cuchilla¬zo limpio lo tenía al desgraciado. No sé ni dónde le daba, mire. Hasta que vi el ojo. Recién ahí paré de darle. Cuando vi al ojo rodar por el suelo. Ahí me quedé con el cuchillo en esta mano, y con esta otra, me agaché y levanté el ojo del piso. Y se lo juro, señor, que diosito me castigue si le miento, se lo juro por los críos, que cuando pude abrir la mano, el huevo estaba ahí. Recién hervido. Tierno. Tibio. Hasta me pareció que latía. Se me escurría en la mano. Y a mí se me hizo que el huevo me llamaba. ¿Y qué quiere que le diga, señor? Hacía tanto frío. ¡Y yo tenía tanta hambre!

Sandra Langono
Un invierno de hace muchos años, en 9 de julio, Provincia de Buenos Aires. Una niña, siete, ocho años, con fiebre alta y anginas. Llega la abuela con un regalo en cada mano: en la primera, helado para calmar el ardor de la gar¬ganta. En la otra, una edición bellísima de “Príncipe y mendigo”, de Mark Twain. Ese fue el comienzo. Diez u once años más tarde, la niña, ahora joven recién llegada a Buenos Aires, se encuentra, con otra historia: “La au-topista del sur”… Entonces, levanta los ojos del libro, recuerda a la abuela, recuerda Príncipe y mendigo y sueña: Quiero ser escritora. Esa soy yo.
Un invierno de hace muchos años, en 9 de julio. Una niña, siete, ocho años, con fiebre alta y anginas. Llega la abuela con un regalo en cada mano: en la primera, helado para calmar el ardor de la garganta. En la otra, una edición bellísima de Príncipe y mendigo, de Mark Twain. Ese fue el comienzo. Diez u once años más tarde, la niña, ahora jovencita recién llegada a Buenos Aires, se encuentra, medio de casualidad con otra historia: La autopista del sur… Entonces, levanta los ojos del libro, recuerda a la abuela, recuerda Príncipe y mendigo y sueña: quiero ser escritora. Esa soy yo.
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